lunes, 23 de abril de 2018

TODOS LOS DÍAS PODRÍAN SER EL DÍA DEL LIBRO


Lloro. Lloro mucho. Lloro de felicidad. Por los mensajes que me envían desconocidas por Instagram. Me dicen cosas preciosas. Que "Coños como el de Marta" les ha cambiado la percepción de la vida, que les ha hecho elegir vivir. Y eso es muy grande. No mola decir cosas negativas, porque oye, ¿Para qué? ¿A quién beneficia si no hace gracia? Para escombrera emocional, ya tenemos Twitter. Pero las cosas bonitas hay que decirlas. Y somos gilipollas por callárnoslas.
Hace sol, Nerea Pérez se está convirtiendo en una estrella de la comunicación, los jueves hay gala de Supervivientes, la ensaladilla rusa está al alcance de cualquiera, vivimos en España y no en Siria, tenemos un gran amor que hace que sonriamos a lo tonto (y si no, lo buscamos, que es más emocionante todavía) hay terrazas en las calles, luz hasta las 9 de la noche y fibra óptica a buena velocidad.
Amigues todes, la vida es una celebración, y sería de muy mal tono no agradecer ni festejar tan magno presente (presente de regalo y de tiempo verbal).
Yo por mi parte, soy tan feliz que me doy asco: Tengo una familia que parece que hubiera hecho un casting, tengo trabajos y amores locos, a retazos y con una deliciosa inestabilidad. Y encima hay gente que escribe cosas preciosas de mi primera novela publicada. (De verdad que me emociono al leer esto, esto o esto).

(Esta foto la hizo Silvia Varela)

Seguro que algune de ustedes ha pasado por el extraño trance de ir a una UCI las horas pactadas de visita. Conocer a los otros familiares que puntuales se reúnen en esa antesala de muerte y dolor. Con sus historias pequeñas y la enfermedad proyectando su sombra alargada y oscura. Y cada día hay nuevos pacientes y otros se han ido. A veces a planta, a veces para no volver jamás. Y al salir a la calle la vida sigue, con sus rutinas tontas, la gente tomando café y preocupándose por tonterías...

Yo cuando era joven, estaba convencida de que iba a acabar en Alcalá Meco o tirada en una cuneta de Ciudad Real. Y sin embargo pago a Hacienda, preparo ensaladas de canónigos y cojo el metro.
Igual ese es el secreto: no tener expectativas para que todo nos sorprenda después. Tengo unas amigaZas inspiradoras y listas como conejos, me río a diario, he celebrado el cumple de Alicia Padrón como ella merece, tengo la esperanza de que algún día aprenderé a conducir y hoy es el día del libro (y me gusta leer y escribir libros).
Y lo mejor de todo, voy a estar en la Feria del libro de Granada y en la de Madrid firmando coños (libros y vulvas, todo. Y si quieren pollas, también).
Están todos invitados a esta celebración.


Esta persona tan maja es Lucía Chapi, la responsable de parte de mi felicidad

(Me está dando vértigo y dentera también, esta "misterwonderfulización" que padezco. Todo tan mono, tan cuqui y tan turquesa. Echo de menos un poco de mala hostia, pero no me sale).

👉Granada: Feria del libro de Granada. Stand de OVNI bazar bazar bizarro. Este jueves a las 19:30
👉Madrid: Feria del libro (Parque del Buen Retiro) jueves 31 de Mayo

Lo dice Diana Aller

lunes, 16 de abril de 2018

¿QUÉ ROPA TE PONDRÍAS EN MI FUNERAL?

Todos tenemos un unamuniano sentido trágico de la vida. ¿Quién no ha imaginado alguna vez su propio funeral? (Ahora es cuando la virtual concurrencia se mira y dice "¿Yo? Jamás..." y me hace quedar como recién salida de la López Ibor).


Yo no tengo intención ni ganas de morir, pero me molestaría mucho que me organizaran un sepelio tétrico, caro, contaminante y pueblerino, como suelen ser en España.

Preferiría que la religión católica no se metiera en mi despedida y que ésta fuera sencilla, sostenible, mona, breve y musical.


Imagino a mis allegados en un lugar urbano y lleno de cosas, mi casa, por ejemplo. (Nota mental: Hacer lista de spotify "Mi funeral"). Imagino a mis amigos recordando nuestras gestas alcohólicas y nuestras victorias sentimentales. ¿Habría comida? La verdad es que me gustaría que hubiera pizzas y cerveza. Incluso los niños beberían cerveza.
Si me da tiempo, dejaría escrito un testamento-agradecimiento (Nota mental: escribir un texto bonito de Últimas Voluntades en este blog y defender su validez legal) que leería alguien de mi parte que procediera después a cerrar mis redes sociales.






No quiero que mi cadáver esté expuesto ni a la vista. Ni siquiera que esté. Que me incineren, me cremen, o lo que sea más barato y contamine menos. Me da igual, yo ya no estaré.
Pero sí hay algo que me importa: Que mi familia, amigos y amantes vayan de riguroso luto. Es una tradición que me gusta mucho y todos tenemos ropa negra de verano y de invierno.



Como inspiración pueden ustedes ver a Kate Moss y Johnny Depp, -que son como Felipe y Sartorius, lo que todos querríamos pero no hubo manera- que el negro les quedaba genial.


Por favor, que todos se arreglen en mi funeral, hagan el favor.

Lo dice Diana Aller

jueves, 5 de abril de 2018

1986

Siempre presumo de dormir bien y de quedarme dormida cuando quiero.
También suelo hacerlo por no tener resacas.

Pero el destino, tan fértil y dadivoso siempre conmigo, anda retándome y parándome los pies: Llevo un tiempo -muy poco conciso: entre 6 meses y 2 semanas- que purgo mis pecados etílicos en el averno resaquil que hasta ahora se me resistía. Y también, noches como ésta (son las 5:47) se transforman en un pozo oscuro y profundo de vigilia perdida.

Tal vez he cubierto un cupo determinado de juergas y sueño (He salido y salgo mucho y he dormido y duermo mucho).
... O tal vez sea la vejez, que se me venía resistiendo durante años y me está azuzando con un empujón grosero y "letiziano". (Mis amigos y parejas sexuales llegan a ser hasta 20 años más jóvenes que yo: soy yo la anomalía, la sílaba tónica, el sustrato discordante).

Y en mitad de la madrugada repaso quehaceres grises y domésticos: Tengo que llamar al cerrajero, hacer una factura, pedir cita a la dentista para llevar a Polo, escribir bastante (más), comprar leche... Y se entrecruzan mil pensamientos y recuerdos, así, a fogonazos, a veces ni siquiera traen imágenes. Son simples ideas o solo palabras...

Pienso en el 23 de octubre de 1985, cuando me quedaban 18 días para cumplir los 11 años. Mis mágicos 11 años. Aquel día una mancha pringosa y amarromada tiñó mis bragas.

En círculos femeninos y casi siempre feministas, hablamos de nuestras menstruaciones y todas, absolutamente todas las menstruadoras, tenemos una gran historia al respecto. La primera regla es un rito iniciático perennemente silenciado, oscuro como mi reciente insomnio, sucio como el decoro del Partido Popular.

Nuestra primavera, nuestro trauma, nuestra sangre. Todo licuado por el desagüe de la invisibilización, del absurdo sistema heteropatriarcal... que va más mucho más allá del simple ninguneo femenino.

¿No ven ustedes que nuestra civilización es un Port Aventura heteruzo?
Ser tío es lo más y con dinero ni les cuento. El binomio hombre-capital rige este parque temático donde todo está enfocado para su placer e idolatría. Son niños mimados incapaces de encajar la crítica o tolerar la frustración. La culpa siempre es de las atracciones que los seducen con sus luces y los necesitan para funcionar. O del sistema, o de los inmigrantes, o de Ana Julia Quezada.
El caso es que esos clientes del capitalismo hombres no viven la realidad, sino una pantomima, una ilusión colectiva, una Matrix con track foods y luces destelleantes. Llaman cultura a una interpretación muy pobre de sus sesgadas vivencias. Y desconocen nuestras sangres, nuestra estirpe mamífera y humana, que generosas, les siguen alumbrando.

Tener la regla es una experiencia salvaje, bárbara, indómita. Es la naturaleza que se rebela y revela. Es el trance enigmático y paranormal que nos conecta con nuestro abolengo femenino. Es la duda, el miedo, el asco, el sexo, el deseo. Es el paso necesario para operar como un adulto.


Miré y remiré mis bragas por primera vez bautizadas de juventud colorada. Recibí contenta mi menstruación. Cuando le sobrevino la regla a mi hermana mayor yo recé en mis oraciones nocturnas al Dios en el que entonces creía. Pensé que aquel Señor me había escuchado y concedido mi plegaria.
Sin embargo aquella primera regla fue muy poco contundente, demasiado marrón y viscosa. Le faltaba asentarse con fluidez, con el rojo encendido y las maneras líquidas de la fertilidad.

No me atrevía a decirlo en casa, así que no lo dije. Sí se lo conté a mis amigas [Nota para Violeta: ¿Te acuerdas que no me creías y me pusiste a prueba?]. Supongo que necesitaba un círculo, una camaradería, una unión chamánica... Pero nada de esto existe en nuestra sociedad. Y menos en 1985. Había vergüenza, con suerte risitas y ante todo un silencio y una negación doliente y atroz.
Una niña de 10 años podía sentir desangrarse y morir de dolor, podía notar asco por la humillante sensación de pañal sucio pegado al cuerpo, podía verse incapaz de saltar un plinton (qué absurdez aquello del plinton, espero que ya no exista), pero tenía que hacer como si nada.


Ahí empieza esta loca carrera del disimulo, ahí aprendemos. A partir de entonces habrá que disimular eructos, enfados, tripa, ambición, picor de coño, canas, emociones, arrugas, liderazgo... Todo se tapa en las mujeres, como si no existiera, como la regla.

El caso es que al mes siguiente cumplí 11 años. Concretamente el día 11 del mes 11. Y no volví a menstruar. Pensé que la niñez me daba una prórroga y la aproveché al máximo.
Lo que quedaba de año lo pasé correteando y riendo, sin preocupaciones hondas ni comeduras de cabeza que no podía ni sabía asumir.

Como todavía vivían mis abuelos (y mi padre) pasé las vacaciones de Navidad en Burgos, como cada año. El tiempo pasaba espeso y lento, como pasa siempre cuando somos pequeños. Turrón, familia, trasnoches y frío. Mi familia, como todas las familias españolas de la época, lloró de risa con el sketch de la empanadilla de Móstoles de Martes y Trece. Todo era de un costumbrismo hiriente y bonito a la vez. La segunda mitad de los 80 era estéticamente hablando, una aberración. Todo hiperbólico, polvoriento, con espumillón del feo, con laca, con alfombras persas en los pasillos, peinados "Julia Otero", primeros videoclips... Y todo era asombrosamente inocente, y bonito, y tierno... y más en Navidad, aunque yo no lo veía, claro.







El 1 de enero me levanté tarde y dediqué todo el día a pensar en las dos noticias del momento: La inclusión de España en la entonces llamada Comunidad Económica Europea y el levantamiento zapatista en Chiapas. Sentí que estaba viviendo algo histórico. Me percibí por primera vez dentro de una realidad que además, admitía matices. Desde mi óptica infantil y de una forma muy primaria (nunca fui muy espabilada) era capaz de anticipar las consecuencias de una y otra noticia.
Pensé en ello con relativa profundidad, entreviendo en el telediario qué suponía Europa desde la política y qué motivaciones tendría el tal subcomandante Marcos.


Cuando fui a hacer pis vi mis bragas enrojecidas de líquido encendido y llameante: sangre colorada y viva que por fin, anunciaba que estaba en el club de la fecundidad. Me sentí poderosa y mayor y esta vez sí, se lo conté a mi madre.
Tener la regla es maravilloso, aunque hayamos caído en la trampa patriarcal de creer que es incapacitante ¿Qué mierda de lógica empresarial es esa? La menstruación es la vida, es la perpetuación cíclica de los ánimos y los afectos. Y necesitamos tener días para trabajar, para relacionarnos, para pensar y para descansar (Y además en ese orden, ya lo conté aquí).

Pero claro, nadie nos habla de mareas y lunas, ni de recogimiento y escuchar a nuestro cuerpo. Nadie nos habla de nada. Hay silencios huecos y helados, que cada una llenamos con lo que podemos: miedos, asco, anhelos, negación...

Por la tarde de aquel primer día de 1986, mi abuela me dio un beso y me dijo "¡Que ya eres una mujercita!". Me dio mucha vergüenza y sentí que mi madre era una traidora transmitiéndole a su madre mi intimidad. Pero hoy sé que era un cordón umbilical endeble y mil veces silenciado de madre a madre y a posible madre, el vínculo de 3 generaciones. Ese mismo que cuenta el cuento de Caperucita, donde la madre encarga a la hija que cuando estrena su caperuza (menstruación) se ocupe de una responsabilidad muy concreta: Debe recorrer el camino hacia su madre (la abuela, la menopaúsica) para procurarle unos cuidados. Pero le alerta de los peligros: El hombre, encarnado en un lobo,  y su encuentro, ahora que la niña menstrúa, puede tener consecuencias fatales.
Esta alegoría descarnada se resumía en el beso de mi abuela (una especie de yo anciana, porque tengo sus mismos rasgos). Un beso que no hay recaudación de Montoro que pudiera pagar. ¡¿Cuánto pagaría por revivirlo ahora?! ¡Buah!

En 1986 me hice mayor.

Con maneras torpes y desde la inexperiencia... Pero la forma de pensar, el paradigma vital y los razonamientos encajaron desde entonces en el esquema adulto.

Fue durísimo.
Sobre todo por el temor al juicio. La vida en esa época -y sobre todo a esas edades- era como Twitter pero en analógico: Todo estaba sujeto a lo que dijeran los demás y solía ser muy negativo.
Pero también fue difícil por la constante e hiriente negación femenina de la que seguimos siendo objeto.

En 2018 se valora a la reina Sofía por aguantar estoicamente desmanes de marido, hijos, nietas y nuera. Se premia onerosamente su silencio, su falta de vigor, su pasividad, su invisibilidad. "Es una señora", "Tiene una educación exquisita", "sabe estar". Seguro que ha sido convenientemente adoctrinada para disimular, para aguantar, para no existir más que en lo que sirva a los varones en su parque temático de poder: Para procrear y posar en la foto. Seguro que ha aguantado ganas de cagar, de dar una hostia con la mano bien abierta, postpartos con ganas de llorar y reglas de esas que te dejan tirada y sólo se sobrellevan con una tarrina de helado y una comedia romántica. Lo que a día de hoy la gente aplaude es que sea una mera atracción, inerte y con laca. (Ojo, que a mí el vídeo en cuestión me fascina y le encuentro un matiz nuevo en cada visionado: En ningún modo celebro el mal rollo contenido, ni la mala educación de Letizia. No es eso...)


El 21 de marzo de 1986 mis hormonas andaban ya despendoladas con su nueva situación y mientras empezaba la primavera sentí cómo me circulaba la sangre más rápido de lo normal, como al respirar me entraba el universo entero en los pulmones y como me obsesioné con una persona, así de repente. Ese día, supe lo que era el amor. Y el saberlo por primera vez es una de las experiencias más fuertes de nuestra biografía. Como ocurre con las drogas, nos pasamos la vida entera intentando revivir aquél primer subidón.
Fue catártico, mágico, loco.
La sexualidad se abría paso entre un montón de preceptos confusos y menstruaciones llenas de fuerza y vida.

Empecé a tener relaciones sexuales unos años más tarde, pero cuando todavía jugaba con muñecas. Curiosamente no me avergonzaba de amancebarme, sino de mis juegos infantiles.

No creo que yo haya sido precoz para todo: Siento más bien que la juventud me ha durado mucho.
Tal vez este insomnio (me he pasado la noche en vela, voy a hacerme un desayuno a ver si me entra sueño) y las resacas recién llegadas a mi vida, simplemente me avisan de que esto se acaba. Mi fertilidad está mermando por momentos y estoy ya un poco premenopáusica. Lo acepto con resignación aprendida (yo también sé disimular) pero el trasfondo es de rabia, de esta vida que se escurre a toda hostia por nuestra piel, de esta estafa que sólo valoramos cuando nos falta.



Si a usted le jode tener la regla, piense en cómo se sentirá cuando se le retire.
¿Qué es lo que echará de menos?

Lo dice Diana Aller