domingo, 24 de julio de 2016

3 DÍAS Y 2 NOCHES EN CÁDIZ


MARTES:

Lo malo de estar casada conmigo misma es que hay poco lugar para la sorpresa, y de antemano sé qué me deparo. Lo bueno es que cada experiencia me parece apasionante, única y muy barata.
Busqué un viaje de tres días y dos noches, y me decidí por Cádiz, porque no lo conocía. Contacté en Amovens con una chica que viajaba a Sanlucar con una amiga, y hemos compartido coche las 3 hasta estas latitudes.

Me ha encantado venir con dos mujeres de 21 y 22 años listas y cordiales. Hemos hablado de hombres, de estudios, de hábitos de consumo, de alergias, del amor...
Hemos hecho una sola parada, en algún recóndito lugar de Extremadura donde hemos ido al baño. Me daba la impresión de hacer un viaje en el tiempo en lugar de en el espacio.



Al retomar la ruta he abierto el bocata de tortilla que traía. La tortilla, que es mi plato favorito, la hizo Sergio ayer con huevos ecológicos, de gallinas felices que corretean por el pueblo de la madre de una amiga. He masticado con detenimiento viejuno, entre otras cosas porque llevaba 2 días ayunando. Ayuno parcial, sólo había tomado zumos de frutas. El otro día dejé de fumar y también quiero comprobar qué cosas tolera mal mi organismo, y eliminar toxinas. Así que he tomado muy despacio y saboreando mi bocata y a los 15 minutos me ha dolido la barriga. La copilota me ha dicho que era celíaca, y rápidamente he pensado que yo también. Cuando regrese a Madrid me hago análisis y salgo de dudas (¡Con el pavor que me dan a mí los análisis!).



Me han dejado junto al casco histórico, muy cerca de mi hostel. Me he despedido de ellas, imagino que para siempre, y me he encontrado ante una ciudad blanca, ventosa, cercana y desconocida. He tardado 10 minutos en encontrar mi alojamiento, el Cadiz Inn Backpackers, un lugar muy recomendable en el que reservé dormitorio deluxe por 25 euros la noche (¡con desayuno!). Me cuesta imaginar cuánto costará el normal.



Me han insistido en que me apuntara a la paella vegetariana y sangría de la noche, en la terraza del ático. Barra libre de cada cosa por 5 euros cada una. Me ha parecido un buen plan y he abonado mis 10 euros para cenar y apañarme la noche. Me han mostrado mi habitación, donde estaba David, de Holanda. Me he presentado cortésmente y me ha parecido un poco seco, porque cuando le he preguntado si iría a la paella me ha dicho que no necesita hacer amigos. Luego ha llegado Lucia, una italiana que duerme en la litera de encima de mi cama. Me ha caído bien.

Me he puesto el bikini y he caminado hasta la playa. Una playa normal, agradable. El agua me parecía fría, porque vengo de estar en el Caribe, pero debe ser una temperatura media. Me he mojado el pelo y todo. Me he quitado la parte de arriba del bikini, que es algo que nunca hago, pero me he sentido tan sola y poco observada, que como buena esposa me he dicho "Ponte cómoda". Y fenomenal... He visto a Lucía con una amiga. Ya es casualidad...

Había una pareja de gays, una de lesbianas, un corrillo de jóvenes andaluces muy curtidos por el sol, alguna pareja hetera y dos pandillas de chicas guiris, un poco deformes y muy coloradas. Como voy sola, me meto en el agua con una pequeña bandolera revestida de plástico en la que meto el movil, el dni, las tarjetas de crédito y el dinero. Así, si me roban mis cosas, no se llevan nada de valor. La verdad es que en el bolso solo llevo un cepillo para el pelo, un kleenex usado, el monedero con tarjetas descuento del Día% y La Sirena, las gafas del sol de 5 euros y una botella de agua. Es decir nada de valor.



La playa me aburre cuando la consumo en grandes dosis, así que al segundo baño he decidido marcharme. He callejeado por sinuosos caminos y encaladas calles, y he llegado sin problemas al hostel.



Al pasar por la recepción me he apuntado a un curso de iniciación de surf y he hablado con la recepcionista, que no sé de dónde será, pero me resulta muy grata y atenta.
Me he duchado en el baño compartido y lo he fregado después. Me he echado hidratante y una colonia nueva (de 1€, ojito). Este es el perfume que recordaré de este viaje. Mola.



He ido a la cocina a trabajar. Al principio había solo una americana, así que he puesto Sálvame en la tele y me he sentido como en casa. He escrito un artículo. Dos minutos después de colgarlo me han pedido unas correcciones, y las he hecho en la habitación. Ha llegado otro chico, oriental a dejar sus cosas y alojarse aquí.


Después me he echado a las calles. Cádiz me gusta. Me gusta la mezcla de tonalidades claras, el aire enloquecedor, los olores a comidas caseras y los patios de las viviendas.



He intentado orientarme un poco, pero me cuesta. Me sorprende lo despacio que camina la gente, el altísimo tono de voz de los locales y el uso de las comillas en los carteles.



Creo que si yo fuera de aquí bebería y me drogaría un montón. Hay una extraña brisa cálida que incita a ello.

He llegado puntual a la sangría y la paella. La terraza del ático no tiene nada que ver con la foto que aparecía en la web. Aunque es más cutre, mola mucho más.
La paella era un arroz con guisantes, con poco sabor y cariño...



Me costaba y a la vez me daba pereza integrarme en el corrillo principal, así que me he puesto a mirar el horizonte como si yo fuera una intensa. Enseguida he empezado a hablar con David, mi compañero de habitación (que me ha preguntado si ronco) y un chico que estaba con él, irlandés y con un nombre difícilmente memorizable.



El irlandés está tomando antibiótico porque en los Sanfermines cayó enfermo y el pobre aun no se ha recuperado del todo, así que no podía beber. David ha bajado a por cerveza, porque no le apetecía sangría. Mientras estaba ahí bebiendo he mantenido conversaciones por whatsapp y Facebook sobre "Quiero ser" el programa de Sara Carbonero.
Cuando me he querido dar cuenta, estaba un poco mareadilla. Con mis dos nuevos amigos hemos convenido que es la luna llena, que nos afecta. El irlandés me ha dicho que me ve muy española porque ve que tengo fuego dentro. A continuación él ha dicho que se siente español porque también tiene mucho fuego dentro.

Se ha puesto a llover y he bajado a la habitación. Me he puesto mi precioso camisón azul celeste y mientras empezaba a escribir esto han venido la italiana y el oriental (que aquí están, leyendo y mirando el móvil) y también David, que me ha dicho que salía a tomar una cerveza, y se ha ido.
Últimamente duermo mucho. Seguro que hoy también.



Mis conclusiones del día:
-Igual soy celíaca
-Me encanta hacer planes conmigo
-Cadiz mola
-Entiendo un poco más (o un poco mejor) a Jesús Llorente
-Las conversaciones de hostel son siempre las mismas (Esto me lo ha dicho mi amigo el irlandés, el que tiene fuego dentro y creo que es una gran verdad)
-Tengo que hacer más ejercicio, estoy un poco atrofiada


MIÉRCOLES:

Lo del miércoles es too much.

Esto es lo primero que veo al despertar: David en su cama:



Me ducho. En el desayuno me encuentro al irlandés (Su nombre es algo así como Shaun). Me cae muy bien y quiero que sea mi amigo.
















En la cocina hay un curso acelerado de idiomas:



Me voy a paseo. Flipo con Cádiz:

Su ayuntamiento (Kichi, Cadiz Sí se puede, guay) -No entiendo porqué sale este filtro y este efecto marco que yo nunca elegiría-



Sus imágenes religiosas:



Sus establecimientos:



Voy hasta la Caleta. Me va aflorando una extraña felicidad.





Atravieso esta muralla china para ver el castillo de San Sebastián:





Y me quedo un ratito en la playa. Escribo a Porres. Este viaje lo iba a hacer con él en un principio, pero afortunados compromisos laborales le han impedido acompañarme.



Vuelvo hacia el centro, disfrutando una barbaridad del paseo:













Me sorprende el gusto religioso por el sufrimiento del dolor ¡Qué empeño!

Paso por la estación de tren, que tiene una parte que parece del lejano Oeste. Me compro un billete de vuelta para mañana:



Me siento en una terracita a comer una ensalada exótica.




















Cuando la pruebo me doy cuenta de que tiene piña. La piña no pega ni en la ensalada ni en la pizza, de verdad, qué manía...
Paso por el albergue, dudo si ducharme, decido que no. Cojo el autobús número uno que va a lo largo de Cádiz, y llego a OffShore, la escuela de Surf.



Me pongo mi mono y dejo las cosas allí:



Paso 2 horas aprendiendo los rudimentos básicos del surf en la playa de la Victoria.



Mis compañeros de clase son muy listos y espabilados: Domingo y Ruth que van juntos, un gaditano que se llama Carlos, un coreano que se llama algo así como Chan y que tiene un pobre nivel de inglés, y yo. Todos son veinteañeros menos yo, pero no me amilano ante nada, mi energía es como la suya, y mis ganas acaso mayores, porque se me da un poco peor. (El profesor, Alberto tiene mucha paciencia y es el típico gaditano que se esfuerza por caer bien). De todas formas consigo levantarme y mantenerme varias veces durante las 2 horas de clase. Después nos quedamos otro rato por nuestra cuenta, y me parece un auténtico subidón todo. Entiendo que enganche tanto. Salgo de ahí como ida, como drogada, feliz. Decido ir caminando hasta el albergue, a lo largo de la playa. Me encanta todo. Voy escuchando música, sonriendo y admirándome de la arquitectura desarrollista vacacional:



Hostel, ducha. Tengo que trabajar un poco, así que me plantifico con mi ordenador frente a la catedral. Trabajo y bebo cerveza con ilusión.



Cuando me quiero dar cuenta estoy bastante achispada y escribo demasiadas vulgaridades.
Cuando empieza a oscurecer freno, pero compro un litro de cerveza y vuelvo al albergue. Por el camino siento unas irrefrenables ganas de hacer pis, pero consigo aguantarme...

(Escaparate de camisetas souvenirs):



Me dedico a beber en la azotea con dos canadienses muy jovencitas que se retiran pronto, con mis ya amigos Shan o como se escriba y David y con dos hermanas francesas encantadoras. Todos tienen en torno a 27 años.
Ponemos música y charlamos. David nos lleva a un bar de copas.



Yo bien borracha y española, me vengo arriba e invito a una ronda. El irlandés tiene mucho interés en la hermana menor. De hecho la mayor decide retirarse. Pasamos por el hostel, compramos latas de cerveza en la máquina expendedora y nos vamos a la playa los 4.

Nos metemos en el agua. No está demasiado fría. Hacemos una guerra, los chicos abajo y las chicas en sus hombros tenemos que derribar al contrario. Ganamos David y yo.
A partir de aquí mis recuerdos son difusos, pero muy gratos. Trabo amistad (en la playa, pero ya vestida) con unos gaditanos bohemios.



Los guiris se retiran.
Me quedo de charleta con los oriundos, y cuando miro el reloj camino al albergue, son las 5.40 de la madrugada.

Mis conclusiones del día:

- Están siendo unas vacaciones chulísimas.
- Según el contador de pasos de mi móvil he hecho más de 17.000 pasos hoy.
- El Surf es adictivo
- Tenía que haber terminado el artículo, mañana estaré perjudicada.
-Si soy celiaca, la cerveza debería sentarme mal, pero no ¿no?


JUEVES:

Esto es lo que veo al levantarme. De nuevo David postrado en su cama. Misma postura, parecida luz, pero distinto día (observen la mesilla que compartimos: hoy no hay cerveza)



He dormido algo más de 3 horas. Suficiente. Verán, tengo un super poder. Algo fantástico, más allá de lo humano: No tengo resaca. Nunca. Sí, es un superpoder, pero también puede ser una maldición, créanme. Me ducho, dejo mis cosas recogidas, hago el check out y me voy.



Desayuno con la calma y degustación propia de la turista sola. El zumo sabe raro. Es natural, pero tiene un sabor raro.



Decido volver a la playa de la Caleta para despedirme. Voy por otro camino diferente al de ayer. Cuando camino por las calles claras de Cádiz me siento rotundamente feliz. Me entra un subidón raro. Sigo en éxtasis.





Hay bandera verde. Me tumbo cerca de la orilla escuchando música con mis cascos. Me echo crema protectora (factor 50) y me remojo de tanto en tanto.
Finalmente me quedo dormida junto a un corrillo de mujeres fascinantes con sillas y sombrillas que comentan con acento y gracia sus historias grandes y pequeñas.



Me despierta una ola: la marea está subiendo y el agua barre mis pies y parte de mis cosas. Recupero mi móvil rápido. O eso creo... Aun no lo sé, pero el agua inhabilitará la hendidura del cargador.
Camino por la costa hacia el centro.
Camino despacio, sonriendo, escuchando canciones olvidadas.







Veo una gaviota mirando mal a otra. Lo juro.
Las gaviotas de cerca dan mucho miedo. Tienen los ojos amarillos, y parecen desconfiadas.
Voy hasta el hostel, a por mi ordenador para terminar el artículo mientras pido comida y como.



Joder, soy feliz. Mucho. No serlo me parecería una grosería.
Camino y doblo esquinas sonriendo... Qué plenitud...



Me encuentro con el irlandés, nos preguntamos mutuamente cómo acabamos ayer y nos sonreímos picaruelos.
Paso por delante de esta asociación, que no puede tener un nombre mejor: "Amantes de lo nuestro". Vale para todo. "Lo nuestro" puede ser cualquier cosa. Qué maravilla.



Voy al albergue, me dejan un baño de cortesía para ducharme tranquila. Compruebo que el teléfono no me carga, por lo que, debo apagarlo para ahorrar batería.
Me cambio, organizo mi mochila, me voy a una cafetería con wifi donde termino el artículo y lo cuelgo en El Mundo. A las 17.28 sale mi tren a Madrid. Regreso ya.


Mis conclusiones del día:

- Dormir en Cádiz no merece la pena. Hay demasiado que vivir
- El agua es lo peor para los móviles
- Tengo el mejor trabajo del mundo. No gano mucho, pero gano muchísimo.
- Este verano, y este año en general están siendo tan buenos como el verano y el año pasado. ¿Qué tengo que hacer para que siga así? ¿Cuál es la fórmula?
-La luz de Cádiz es amarilla
-Soy muy buena esposa, cada día me quiero más y estoy más enamorada de mí. ¡Qué bien me lo paso conmigo y qué buena compañía me hago!
-Sé que volveré aquí algún día
-Quiero más. Más de todo

Lo dice Diana Aller