jueves, 19 de febrero de 2009

OTRO DÍA

Hace 10 meses retraté una jornada entera con mi movil y ustedes lo celebraron mucho. Aunque me resulta en exceso gratuíto exponerme tanto, he decidido reflejar un lunes cualquiera, de una vida normal (e incluso tirando a insulsa): la mía.

El despertador suena invariablemente a las 8 y 10 de la mañana los días de diario. Otra alarma avisa 7 minutos después, por si acaso. Y por lo general es la que me despierta.


Al alzar la vista, veo esto: un resquicio del horror vacui que en otro tiempo padecí. Es la pared de mi habitación.



Cuando abro los ojos, mi hijo Lucas lleva ya un buen rato enganchado a mí; mamando del todo dormido. Como practico el colecho, nunca ha tenido cuna y a los 2 años y medio, sigo produciendo leche, y sigo muy vinculada a él.


Polo duerme en su habitación. Casi siempre se despierta él solo, en cuanto oye un ruido. Hoy también. Tiene 4 años y medio.



Lucas se acurruca junto a su hermano, demandando un biberón con colacao.
Se lo hago. Siempre desayunan lo mismo.





En cuanto a los sólidos, va por temporadas: últimamente filipinos (casi siempre de la marca Dia%) de chocolate blanco.










Les doy sus biberones.



...Y hago el primer pis del día.





Esto es lo que veo sentada en la taza del váter.






Y ésta soy yo recién levantada.






Decido qué ponerme: casi siempre vaqueros y bambas, aunque me obligo a ponerme vestido o falda al menos 2 veces por semana. Desgraciadamente he comprobado que si me disfrazo un poco para dar una imagen más seria, en efecto me toman más en serio en lo estríctamente laboral.
De todas formas hoy priorizo la comodidad, como casi siempre.




Subo las persianas de la habitación, y me visto mientras los niños desayunan.








Voy de un lado a otro, casi enloquecida, a medio vestir, echando cosas a lavar, tirando a la basura los diarios de ayer... Y cada vez que paso por mi mesa de mezclas y mis cd´s me entra un orgullo cercano al de ser madre. Tardé en recuperarme económicamente de esta adquisición, pero mereció la pena.




Me propuse hacer dieta hace 10 días y más o menos la he cumplido. He engordado 400 gramos, menuda mierda.








Mis hijos contemplan con embeleso "El Mundo de Tod", que es este personaje multicolor de aquí, que no tengo muy claro si es animal, humano o extraterrestre. Son unos dibujos supuestamente educativos que emite la2 a estas horas. En cuatro ponen "Bola de Dragón", que también les gusta, pero me resulta demasiado agresivo, así que, -como aun no saben cambiar de canal- por ahora decido yo.

No sé si el visionado de Tod será positivo o creará toda una generación de adictos a psicotrópicos fantásticos que están por llegar.





Termino de vestirme. Me calzo a todo correr y voy a vestir a Polo.
Para mi el calzado (junto con el pelo) es lo más definitorio en cuanto al vestir.



Lucas no aparta la mirada de la TV. Yo estoy convencida de que no es tan mala como pretenden hacernos creer. El poco criterio que tengo, lo he adquirido porque he crecido viendo la TV. Nunca me ha gustado leer y lo primero que hago al llegar a casa es encender la pantalla ¿Soy una inepta por eso? Me trae sin cuidado, la verdad.




Vestir a Polo supone untarle de unos cuantos mejunjes. Padece una dermatitis atópica muy severa y hay que aplicar corticoides casi a diario. Como consecuencia de la manipulación, yo estoy empezando a sufrir eccemas en las manos. Pica muchísimo. No sé cómo él, con 4 añitos puede aguantarlo por todo el cuerpo. Es muy duro. Una vez en el parque, una madre apartó a su hijo del mío, pensando que tenía algo contagioso. Hay temporadas, como ahora, que está bastante mejor. El aspecto de la piel me da igual, no deja de ser un problema estético, lo más duro son los picores. No puede dormir quieto y relajado, como todo el mundo. Pertenezco a una asociación de familiares de pacientes de Dermatitis Atópica, y recibo bastante consuelo, ayuda y asesoramiento. Ahí somos muchas mamás acostumbradas a no dormir; algunas han llegado a atar a sus hijos a la cama. Yo no, pero las entiendo y disculpo.


Los lunes y los viernes, Polo tiene gimnasia. Detesto los chándals con auténtica furia, pero he de doblegarme con mi hijo 2 veces por semana. Lo llevo bien.




Junto a mi bolso, y para que no se me olvidara dejé ayer el regalo de cumpleaños de Laín, un queridísimo (y muy admirado) compañero de trabajo. La bolsa tiene el escudo del Real Madrid, porque en efecto, me fui a la tienda del Real Madrid a comprarlo. Disculpen lo grosero de la expresión, pero es que estaba más perdida que una gitana en un cuarto de baño.


Sobre las 8 y media llega Janeth, 26 años, boliviana, guapa, lista y mi salvadora.



Polo se calza su abrigo y su bufanda (tose mucho estos días) y emprendemos el viaje hacia la rutina diaria.





Caminamos hasta la parada del autobús. Es pura vaguería, porque andando tardaríamos sólo 10 minutos más.

A Polo le gustan los modernos minibuses de 8 plazas, pero no es el caso del primer bus que llega, que, por supuesto, cogemos.






Polo se reserva el privilegio de elegir sitio.



Como a mí en el instituto, le gusta sentarse al fondo.










Miramos la calle Hortaleza y hablamos de naderías. Es uno de los momentos más agradables de la jornada.







Y por fin llegamos al cole.











Polo desaparece entre unos cuantos padres y adelanta a muchos niños, corriendo por un larguísimo pasillo, hasta desaparecer ante mi vista.















Comienza entonces mi viaje personal de cada día. Tardo una hora exacta en llegar a mi trabajo. Alterno lectura y música, y hay días que nada, sólo soy un zombie más en los subterráneos de la ciudad. Hoy leo el diaro Que. Me gustan los titulares sensacionalistas, pero no el horóscopo, que aquí va desglosado por géneros: un destino si eres hombre y otro si eres mujer. Mi gratuíto favorito sigue siendo el ADN.














Llego a Pza de Castilla, uno de los centros neurálgicos de Madrid. Está en obras, pero sintetiza a la perfección lo que es esta ciudad: una mezcla imposible de estilos, un "quiero y no puedo" encantador, en constante movimiento. Un montón de gente malhumorada y con prisa, pero con un entrañable deje... indefinible.


Veo a lo lejos el 174, mi autobús. Y claro, corro para cogerlo.









El 174 abandona Pza. de Castilla, pasa por la ciudad deportiva ésta, o lo que es lo mismo, 4 rascacielos preciosos, a menudo coronados en su cima por la niebla. Pasa por chabolas, vías de tren, urbanizaciones y descampados. Nunca hay tráfico en su trayecto. Es agradable la disparidad de paisajes; sobre todo ahora que los días son mçás luminosos.




Me bajo una parada antes de lo recomendable: Hace buen día y quiero caminar.


No sé si es algo estrictamente metafórico, pero mi empresa está en un callejón sin salida.



Este edificio de cristales negros se llama "Elipse" y paso dentro la mayor parte del día.



Entro.






Subo por escaleras (Es el 2º piso). No uso el ascensor porque estoy en contra de la vida sedentaria y necesito contrarrestar la anárquica ingesta de calorías que conforma mi vida.


Introduzco mi código y entro en el ala correspondiente.


Suelo llegar la primera, a veces con más de una hora de diferencia con respecto al segundo. Soy guionista, esto quiere decir que mi trabajo consiste en escribir guiones. Para ello, mi principal arma es el teléfono.



Paso prácticamente toda la mañana al teléfono. Hablo con cada participante de mi programa ("Ven a cenar conmigo", Antena3), con el departamento de producción, con redacción, con la gente de grabación...

Llega AnaJ. Es una de esas personas especiales -guionista también- con la que he coincidido en otros 2 programas, aunque nunca hemos tenido una relación tan estrecha como ahora. AnaJ es vital, aparenta la mitad de la edad que en realidad tiene, es guapa, inteligente, divertida... Y su risa se oye a kilómetros.


Paro para desayunar. Para atravesar esta puerta que lleva a la cocina de mi planta, de nuevo tengo que marcar mi código.














La cafetera y la tostadora están viejas. Me gusta el sabor que dan.


Por alguna razón que furtiva se me escapa, el pan de molde se guarda en el congelador. Cojo 2 rebanadas y vuelvo a guardarlo en tan exótico escondrijo.


Entra Juan a por café. Le conozco de vista, pero nunca he trabajado con él. Tiene una camiseta de La Habitación Roja, gracias a la que entablé conversación con él la primera vez. Qué cosas...





Nunca me acuerdo cómo se llama esta mujer de la limpieza de oscurísima piel, pero todas las mañanas nos preguntamos por nuestras vidas. Ella me cuenta de su hija, su yerno y sus nietos; yo, de mis hijos.






Voy con mis tostadas y mi café al cubículo donde nos asentamos (los 3 guionistas y la directora). Mi comida favorita del día es el desayuno. Hay días que desayuno hasta 3 veces.


Me esperan unas cuantas horitas de duro trabajo, que sobrellevo consultando el mail y chequeando el facebook cada 10 minutos.



Voy con mi café a hacer una visitilla a la redacción.




Hablo con Manu, con Rosario, con Gabi... Grandes todos ellos.







Es un programa complicado éste en el que trabajamos: es diario, no hay plató ni presentador, es un concurso y se van haciendo cástings en las ciudades en las que después se graba. Aparte del planing de trabajo, tenemos nuestros idolillos paganos: los concursantes que nos dejan huella son recordados con especial emoción en la pared.



También cuelga de la pared todo lo relativo a organización y audiencias, el baremo más fiable de cuándo tendré que solicitar la prestación por desempleo...













Esta es Ana Ruiz, la directora. Es dura y exigente, pero sintonizo muy bien con su forma de entender el trabajo y la televisión.






Este es un cartel que pusimos para instar a nuestros compañeros de "ficción" (en el despacho contiguo) a trabajar de una forma pacífica.






Y este es Laín, el otro guionista. Me gusta su humor y sus juegos de palabras. Me encanta Laín, es una persona encantadora, independiente y brillante. Mola.


AnaJ tiene frío porque le cae un chorro de aire sobre la espalda. Viene alguien de mantenimiento que dialoga con ella y no arregla nada.






Ajena a la temperatura del despacho y hacendosa como yo sola, escribo mi guión, concentrada como si estuviera creando una bomba atómica.


Laín ha decidido celebrar su cumple en la redacción, donde todos trabajan a destajo.






Tomamos unos piscolabis en honor a Laín.


...Y al homenajeado, le hacemos entrega de su regalo.












Posavasos, abrebotellas, sacacorchos y un vaso... todo con el logo de su equipo.















En seguida los redactores vuelven a sus tareas.






Yo me quedo un ratín de tertulia...








...hasta volver a teclear en mi ordenador durante otro rato.


Consulto mi agenda, agarro mi bolso...













...Y selecciono de mi particular despensa qué comer.











Salgo del ala, Manu está al teléfono en la puerta. Bajo las escaleras













Y llego hasta las máquinas expendedoras.















Me gusta estar al día en el fascinante mundo de la comida basura, y como diviso una bolsa nueva (y en la que además aparece alguien que se parece a Will Smith), la compro. Se llama "Buscavidas Villa" o algo así. No entiendo nada; o me estoy quedando atrás... no sé.
Y también compro una coca-cola light.






Vuelvo al segundo piso y me meto en el baño.